La luz y las tinieblas en el Evangelio de Juan: una interpretación psicológica-simbólica
Lección inaugural Iscreb – Curso 2023-24
La Guerra de Ucrania, y la confrontación de Occidente con Rusia, o la reciente guerra entre Hamás e Israel, que ha vuelto a reavivar el discurso bélico, nos ha puesto en un escenario que ya creíamos superado. Incluso el fantasma de una posible guerra nuclear sirve para intimidar el contrario, y todo esto plana en el inconsciente colectivo. La película Oppenheimer (de Christofer Nolan, estrenada este año) sobre el inventor de las bombas atómicas que arrasaran Iroshima y Nagasaki a los finales de la II Guerra Mundial nos hacen dar cuenta de la capacidad destructiva del ser humano.
C.G. Jung, el psiquiatra suizo fundador del cual se ha denominado psicología analítica, psicología de las profundidades, o psicología arquetípica, a pesar de ser de un país neutral, quedó profundamente marcado por los desastres de la II Guerra Mundial, y los suyas palabras en libro Respuesta a Job, vuelvan a ser actuales:
Ahora todo depende del ser humano: té en los suyas manos un inmenso poder de destrucción, y la cuestión es si podrá resistir el deseo de usar-el, o podrá templar su deseo con el espíritu del amor y la sabiduría.
En la misma línea, al documental del 1959 Face to face, entrevistado por John Freeman dice: Necesitamos más psicología, necesitamos más comprensión de la naturaleza humana, porque el único peligro real que existe es el ser humano mismo, él es el gran peligro, y nosotros no tenemos ni idea de esto. No sabemos res sobre el ser humano, solo poca cosa. Su psique tendría que ser estudiada, porque nosotros somos el origen de todo el mal que vendrá.
Pues bien una manera de estudiar la mente humana, según C.G. Jung son los clásicos. El Evangelio de Juan, además de ser uno de los libros fundacionales del cristianismo, es también un clásico de la literatura, y lo tendríamos que estudiar como tal, creyentes y no creyentes, porque nos desvela el que hay de peor, y de mejor en el coro de los ser humanos de todos los tiempos. En la actualidad y a varias partes del mundo, los discursos de los partidos de extrema derecha vuelvan a buscar chivos expiatorios en grupos minoritarios de la sociedad o en la inmigración, a los cuales den la culpa de la degeneración moral de la sociedad o de la precariedad económica. La genialidad de C.G. Jung fue descubrir que la “demonización” del oponente, que justificaba la eliminación, tenía un aspecto inconsciente y obedecía a la proyección en el otro de heridas emocionales infantiles, o aspectos personales no aceptados, despreciados y no concienciados. Todos estos aspectos C.G. Jung los denominó “la Sombra”. Ninguna guerra no se puede dar sin proyectar en el enemigo la Sombra. El placer y la alegría de ir a combatir, sin los cuales no habría motivación para luchar, arraigan también en la satisfacción de la Sombra inconsciente. Precisamente, la finalidad del análisis psicoanalítico es poner en diálogo lo yo consciente con el inconsciente… y uno de los aspectos de este inconsciente es esta Sombra. La Sombra en los sueños a menudo aparece en la imagen de una persona que no conocemos del mismo género que nosotros, y a veces coge formes terroríficas, incluso diabólicas. Esta figura puede tener rasgos que recuerdan nuestros aspectos poco desarrollados, poco integrados. Las imágenes de la Sombra de nuestros sueños ilustren nuestros defensas personales, e incluso aspectos perversos, malignos. Para acercar-ente al Evangelio de Juan des de una perspectiva simbólica, usaremos una metodología llamada hermenéutica psicológico-simbólica, que toma el análisis del símbolos des de varios aspectos y niveles diferentes (semántico, histórico, narratológico, psicológico, social) para llegar a una comprensión global del texto y de su posible significación Empezamos por una aproximación semántica a los termita de los tinieblas y la luz, que nos mostrará “los palabras recurrentes”, o “obsesivas”, como los denomina MAURON en su libro Psicocrítica, y que nos dará la tonalidad emotiva de la narración que analizamos.
Si estudiamos los pasajes del Evangelio de Juan que hablan de las tinieblas, de la oscuridad y de la noche, vemos que prácticamente en todos los casos estos conceptos tienen un valor simbólico. Los temes de la luz y la oscuridad los encontramos ya a comienzos del Evangelio de Juan, en el prólogo, que introduce el tema del Logos, que se puede traducir por palabra, proyecto o sentido. Y este Logos, que es Jesús, también es luz que no ha podido ser ahogada por el rechazo de sus contemporáneos: “La luz resplandece en la oscuridad, y la oscuridad no lo ha podido vencer” (Jn 1,5).
Por otro lado, esta venida de la luz al mundo, provoca por ella misma un juicio, y una condena a quienes no la reciben: “La condena ha llegado por eso: cuando la luz ha venido al mundo, los hombres se han estimado más la oscuridad que la luz, puesto que los suyas abres eran malas” (Jn 3,19). Esta es una interpretación que hace el narrador del porqué de la no aceptación de Jesús: ha habido mala fe, mentira, violencia.
El Evangelio continúa usando la metáfora de la luz y del día para describir el discipulado: seguir Jesús impide tropezar y hacer-se mal. “Yo soy la luz del mundo. Quien me sigue no andará a las oscuridades, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8,12). Seguir la luz que puerta Jesús mujer una direccionalidad, quién lo sigue “sabe dónde va”. Creer y comprometerse con la luz hace devenir hijos de la luz. Aquí resuenan las palabras del prólogo: quienes nacen de Dios acontecen hijos de Dios (Jn 1,12).
El Evangelio de Juan usa también otra metáfora, la de la ceguera, para expresar el hecho de no ver espiritualmente: “Yo he venido en este mundo para hacer un juicio: porque quienes no ven, vean, y quienes ven, es vuelvan ciegos”. Lo oyeron algunos de los fariseos que eran con él y le dijeron: “Es que nosotros también somos ciegos?”. Jesús los contestó: “Si fuerais ciegos, no tendríais pecado. Pero, como que decís que veis, vuestro pecado persiste”. (Jn 9,39-41). Luz y oscuridad, ver o estar ciego, según la psicología analítica son símbolos de la “conciencia” y de la “inconsciencia”. Solo deviene consciente quien tiene la humildad suficiente para asumir que no té toda la verdad, y que, por lo tanto, está en un proceso de aprendizaje, de conocimiento progresivo de un mismo y de la realidad. Decía C.G. Jung en su libro Psicología y Religión: “nadie se ilumina imaginado formas de luz, sino haciendo consciente su propia oscuridad”.
En el Evangelio de Lucas, Jesús en la cruz dice aquellas palabras “Padre, perdónalos que no saben lo que hacen” (Lc 23,24). Estas palabras muestran que en Jesús no hay odio hacia sus verdugos, sino que comprende que el mal es sobre todo inconsciencia. Que en el Evangelio de Juan sean tan importantes los términos de “tinieblas” y “oscuridad” es debido al hecho que el Cuarto Evangelio expresa de manera metafórica y simbólica la inconsciencia, el “no saben lo que hacen” del Evangelio de Lucas. La inconsciencia en algunos casos puede devenir peligrosa, e incluso asesina.
Después de la aproximación semántica, nos interesa saber si las tinieblas, la oscuridad y la noche en el Evangelio son expresión también de aspectos históricos o sociológicos. Para hacer esto es necesario tener en cuenta los dos niveles históricos que corren paralelos en la narración, de que hablaba Jean Louis Martyn: el tiempo de la vida de Jesús y el tiempo del evangelista. En cuanto al tiempo de la vida de Jesús, en el Evangelio de Juan queda más claro que los otros que la muerte de Jesús es un crimen de estado: el gran sacerdote Caifás dice “vale más que un solo hombre muera por el pueblo, que todo el pueblo por un hombre” (11,50), y muestra así la preocupación de que Jesús no sea un elemento desestabilizador del statu quo.
También ganan importancia el papel de los romanos en la detención y juicio en contra de Jesús. La comitiva que Judas guía hacia Getsemaní para poder detener Jesús no son guardias del templo, sino una cohorte de soldados romanos. Se introduce esta escena con las palabras de Jesús: “llega el Príncipe de este mundo”. El Príncipe de este mundo; y el término “mundo”, usado en sentido negativo, se refieren al mal en su dimensión más social, política y estructural. El Príncipe de este mundo se puede ver como una ideología dominante que afecta persones concretes en forma de fanatismo. Este dinamismo del inconsciente colectivo cuando entra en contacto con el individuo concreto es ilustrado en el Evangelio con la figura del diablo, que pone en el corazón de Judas la idea de entregar Jesús a los romanos (13,2), y finalmente, entra dentro de Judas (13,27) para finalizar la traición, de noche.
En cuanto al segundo nivel de interpretación, el tiempo del Evangelista, hay algunos elementos que nos pueden ayudar a entender el simbolismo de la noche. A finales del s. I los cristianos ya han sido expulsados de la sinagoga. Es por eso que el fenómeno de los criptocristianos, cristianos que lo son a escondidas, es la gran preocupación de la comunidad cristiana. Ir a Jesús “de noche”, como Nicodemo, significa acercar-se a Jesús a escondidas, por el miedo de ser descubierto. La noche se convierte en este caso en el símbolo de una fe que no ha llegado a la plenitud, que es la implicación y la aceptación de sus consecuencias.
El dualismo juánico también es indicio de sectarización de la comunidad cristiana, que se concibe a ella misma como el verdadero resto de Israel, frente a los judíos, y como la verdadera propuesta para entender Jesús, frente a otras comunidades cristianas con una teología que ellos creen menos evolucionada, representadas por Pedro. Esta separación es ilustrada simbólicamente con su particular dualismo: la procedencia de “arriba”, de Dios, que se diferencia de quienes son “de bajo” (3,3.7.31; 8,23). Entre quienes son del mundo, y quienes son de Jesús. Entre quienes son de la luz y quienes son, todavía, de la oscuridad.
El comentario sobre Judas que hace el narrador, en la escena de María que lanza un perfume muy caro a los pies de Jesús, que Judas no se interesaba realmente por los pobres sino que era un ladrón (Jn 12,6), no significa claramente que el motivo de la entrega sea el dinero. Todo hace pensar que simplemente el autor carga sobre Judas un transfer de negatividad excesiva, propia de la dramatización literaria que irá aumentando con el paso de la historia. El término kleptes, ladrón o bandolero, aparece también en el c. 10, el del a alegoría del buen pastor, para designar los falsos líderes y mesías, que no se interesan por la manada y solo quieren entrar al establo para hacer destrozo. Judas no se interesa realmente por los pobres (12,6), como los ladrones y los bandoleros no se interesan por la manada (10,13). Está en la línea pues, de los falsos pastores del pueblo de Israel.
La caracterización de Judas en el último cenar también puede estar influida por la situación comunitaria del Cuarto Evangelista. Si relacionamos el capítulo 13 donde ha descrito que Judas sale del grupo de discípulos para traicionar Jesús, con el capítulo 6 sobre el discurso del pan de vida vemos elementos comunes. El discurso del pan de vida es una autorrevelación de Jesús, como el pan bajado del cielo: es la declaración de su encarnación y de su paso por la cruz, como requisitos para la salvación. Muchos se escandalizan de esta idea y abandonen Jesús. En la comunidad del evangelista empieza a haber abandonos de judíos que habían creído Jesús, pero quieren permanecer con una cristología baja, y rechazan una concepción de la eucaristía de alto nivel sacramental, como la que aparece en el Evangelio de Juan. Judas parece también caracterizar, pues, los cristianos de la comunidad cristiana juánica que es hacen atrás en la confesión de Jesús como hijo de Dios bajado del cielo, y que no asimilan el valor redentor de su cruz.
Pasamos labra de la interpretación simbólica en clave histórica y sociológica, a su interpretación simbólica más antropológica y arquetipal. En las culturas primitivas, las vivencias psíquicas son a menudo interpretadas por la influencia de un espíritu o demonio. C.G. Jung explica que en las religiones animistas se puede diferenciar claramente la interpretación que se hace de una persona depresiva, como falta de vida, y se dice de ella que le falta alma; de la persona poseída que está alienada por alguna fuerza superior a ella, y ya no es ella misma. Esta psicología popular animista que hablábamos, es muy parecida a la mentalidad del autor del Evangelio de Lluc, que es lo primero que introduce Satanás en el drama de la pasión (Lc 22,3), y que el Cuarto Evangelio desplegará dramáticamente en la escena de la última cena.
En el Evangelio de Juan no hay exorcismos. Pero el autor del Cuarto Evangelio, mucho más que los otros evangelistas, demoniza persones y grupos. El narrador nos dice que Judas es un diablo (6,70). Jesús dice a los judíos que discuten con él que el suyo pare es el diablo (8,44). Pero también los judíos demonizan Jesús: a 7,20 lo tratan de paranoico: “estás endemoniado, nadie te quiere matar!”; lo denominan samaritano y endemoniado en 8,48.52 porque promete la vida eterna a quienes creen en él. A 10,20 le dicen que tiene un demonio y que está mentalmente enfermo (daimónion échei kai maínetai) esto provoca una discusión entre el pueblo, unos dicen que efectivamente lo tiene que estar; otros, pero, dudan, puesto que los endemoniados no se comporten cómo Jesús ni curan (10,21).
El demonio es presentado como el mal ético que transciende el individuo, que conecta en el inconsciente colectivo, y se opone al plan de Dios. Esto, pero, solo aparentemente, porque Dios se servirá del mismo mal para llevar la salvación. Esta última idea es la que nos puede hacer comprender la serenidad con que Jesús acepta la traición de Judas en el Evangelio de Juan, e incluso que aliente Judas a hacer su propósito cuanto antes mejor. Nos encontramos aquí con una gran paradoja: Dios es junto a la vida y del bien, pero también del absurdo del mal puede hacer todavía un bien más grande. Solo de este modo paradójico el absurdo de la vida cobra un sentido último no esperado. Esto no elimina la responsabilidad del individuo, ni lo justifica, ni evita las consecuencias del mal cometido, pero abre toda situación a una posibilidad de redención y a la esperanza.
En el Cuarto Evangelio, pues, tenemos personajes que es tratan de demonios entre ellos. Cuando esto sucede, significa que el diálogo entre los persones deviene imposible. Demonizar el otro hace posible deshumanizarlo y justificar el derecho a eliminar-lo. A partir de la demonización del otro son posibles la traición, la guerra, la tortura, el trato infrahumano. Podríamos decir que la paranoia individual y colectiva hacia el enemigo, se ve alimentada enérgicamente por imágenes, sentimientos y fabulaciones, que ya no son personales, sino propias del inconsciente colectivo, del imaginario demoníaco. En la última cena, además de Judas, hay otros personajes interesantes para hacer un análisis arquetípico del dinamismo de la Sombra. El Discípulo Amado es el discípulo ideal; por lo tanto, representa el elemento superyoico. Judas también está en el ámbito del super yo, porque es un ejemplo del cual no tenemos que ser, totalmente poseído por la Sombra. En cambio, Pedro, como personaje imperfecto, representa al Yo con sus dificultades propias de la vida, y, por lo tanto, solo tocado por la Sombra. Pedro está bajo una especie de hybris egoica, creyendo que con su voluntad lo podrá conseguir todo. Pedro pregunta al Discípulo Amado de quién habla Jesús cuando anuncia que alguien lo traicionará, y no le pasa por la cabeza que podría fallar también él. Pedro niega su fragilidad constitutiva que se hará patente junto del fuego de los soldados, en el atrio del gran sacerdote. Piensa que la sombra tiene que venir fuera de él y que habría que eliminarla. No se le ocurre preguntar: “soy yo, señor?”, como hace con los otros discípulos en los otros evangelios (Mc 14,19 y paralelos). La seguridad de Pedro que no quiere que Jesús le lave los pies, y que confiesa su fidelidad de una manera apasionada, contrasta con el escepticismo de Jesús, que le dice que lo negará tres veces antes de que cante el gallo (13,38). Cuando uno se identifica con sus ideales, solo con la luz, se expone a negar fragilidades y partes de un mismo, que más tarde poden pasar factura.
Hay un momento pero donde se nos dice que la Sombra puede ser redimida, y esto es al capítulo 21, donde varios indicios textuales conectan esta escena con los negaciones de Pere: la escena de Jesús con el pescado sobre los brasas (21,9) evoca los brasas borde los cuales Pere se calentaba con los soldados en el momento de su negación (18,18), el ceñirse de Pedro antes de saltar al agua para ir hacia Jesús (21,7) recuerda el ceñirse de Jesús y su entregarse por amor a los otros (13,4). Y finalmente el diálogo con Jesús, con las tres preguntas” Pedro, me amas más que estos”, evocan las tres negaciones. Es el amor hacia Jesús y el compromiso para hacerse cargo de los otros (“apacienta mis ovejas”) lo que disuelve la tristeza y el sentimiento de culpa. La única manera de integrar la sombra es un acto de amor y de aceptación de la propia realidad, por muy desagradable que parezca. Cómo dice J. Hillmann:
Amarse un mismo no es una tarea sencilla porque esto significa amar todo lo que hay en nosotros, incluso la misma sombra que nos hace sentir inferiores y socialmente inaceptables. Es por eso que la atención que ponemos a nuestros aspectos más despreciables forma parte del proceso de curación […]. Por otra parte, el simple amor puede llevar-ente a una identificación con la sombra que acabe convirtiendo-ente en víctimas de ella. Es por eso que no tenemos que despreciar la dimensión ética del trabajo con la sombra.
Gilbert Durand, que creó la metodología del mitoanálisis, se interroga por la influencia social de cualquier mito o clásico, y nos invita a licitar otro peldaño del análisis, proponiéndonos esta pregunta: ¿El simbolismo de las tinieblas, de la oscuridad y de la noche, tienen la función de expresar el espíritu de la época del evangelista; o al contrario es un relato compensador que va en contra de la ideología cultural dominante?
Podríamos decir que el Cuarto Evangelio se aparta de la ideología social dominante y tiene, en el plano social, una función compensadora e integradora. Compensadora por la simplificación de la ética que se centra en lo esencial: el amor intracomunitario; y por una simplificación del culto que tiene en la eucaristía el rito fundamental, visto como servicio (a través del gesto de lavado de pies). También tiene una función integradora, porque apunta a una reforma religiosa que tiene en cuenta una teología más helenizada, al estilo de Filón de Alejandría, y a las corrientes místicas y apocalípticos contemporáneos; y porque admite en la comunidad muchos creyentes provenientes del círculo de Juan Baptista, antiguos esenios, samaritanos y judíos helenistas, que el nuevo rabinismo de después de la destrucción del temple no es capaz de incorporar.
El Evangelio de Juan acentúa la importancia de la cruz como para ir al Padre, y la libertad soberana de Jesús, que conoce des de siempre el drama al cual es verá abocado para la salvación del mundo. Integra de este modo las consecuencias de la Sombra más destructiva, asesina, viéndola formando parte del plan de Salvación, en un sentido profundo que solo es revela a quien te fe. Esta teología, o alquimia narrativa formulada en la expresión “la hora de ir de este mundo al Padre”, que aparece a lo largo del Evangelio, extrae sentido donde humanamente solo se podría ver fracaso, pero va en detrimento de aspectos históricos de Jesús que encontramos en los evangelios sinópticos. Esa elaboración teológica del drama de Jesús hace que el Cuarto Evangelio no dé importancia a un rasgo característico del mismo Jesús que encontramos en los sinópticos y que es muy importante de cara a evitar la inflación egoica y el chovinismo identitario. Se trata del concepto de Reino de Dios, que va más allá de la confesión y que es verifica en el amor compasivo y que encontramos de manera especial en las parábolas: la del buen samaritano en el Evangelio de Lucas donde quien entra en el Reino de Dios es un samaritano, despreciado por la religión oficial; la parábola de las cabras y las ovejas, donde no es la confesión sino la ayuda a quien tiene hambre, a quien está en la prisión, etc… es el necesitado el que cuenta. La parábola del trigo y de la cizaña donde hay que tener paciencia con la cizaña y no arrancarla, no fuera que también se hiciera daño el trigo; y la parábola del Padre pródigo que da más importancia al reencuentro del hijo que todas sus infidelidades… todas estas parábolas muestran como se debe gestionar la sombra, lo negativo, lo aparentemente despreciable, los aspectos no ideales de la existencia… todo esto no lo encontramos en el Cuarto Evangelio. Una única escena que iría en esta línea en el Evangelio de Jun es la de la mujer adúltera (Jn 8,3-11), en la cual Jesús elimina la proyección de la sombra sobre la mujer que hacen los fariseos, haciendo que todo el mundo mire hacia su propia: “Quién esté sin pecado que eche la primera piedra”, pero precisamente esta escena es un añadido tardío que no se encuentra en las primeras versiones del Quart Evangelio. Quizás alguien insertó esta escena en el Evangelio de Joan precisamente por eso, porque echaba de menos este correctivo necesario: si la sombra se proyecta siempre cabe afuera, despreciando o demonizando el oponente, hay el peligro de caer en el fanatismo y en la violencia religiosa.
Reflexiones conclusivas
El Evangelio de Juan, naturalmente, todavía no sabe nada de la existencia de un inconsciente, y de una Sombra personal y colectiva que tienen que ser concienciadas para evitar conflictos entre las personas, los grupos y las naciones. Ahora bien, las imágenes de la oscuridad, las tinieblas, la noche o la ceguera tienen algunos elementos en común al de Sombra junguiana, puesto que hacen referencia a una inconsciencia que puede tener consecuencias devastadoras.
Jesús con su vida trae una nueva conciencia, y por eso el símbolo de la luz es el que más le corresponde.
La descripción del dinamismo psíquico de la Sombra puede ayudar a la comprensión del fenómeno de la “demonización” del otro, que encontramos de manera especial en el Cuarto Evangelio. De este modo, la psicología analítica puede ser vista como una disciplina que ayude a la “crítica de las ideologías” que recomendaba P. Ricoeur para hacer una hermenéutica bíblica válida para nuestros días. La demonización del oponente es fruto de la inconsciencia y de la proyección en alguien otro de aspectos inconscientes propios que rechazamos. Que el Cuarto Evangelio ponga en boca de Jesús que el padre de los judíos es el diablo tiene que ser por eso contextualizado en el proceso de constitución de la comunidad juánica que se ve perseguida y marginada; ahora bien, esta demonización del oponente no puede ser aceptada como una actitud válida hoy en día, sino como una parte de la sombra del mismo Evangelio, que a pesar de ser “inspirado” también está escrito por un autor humano (o autores) con sus fragilidades e inconsciencias. Estas conclusiones son importantes cuando se quiere hacer un análisis de la pragmática del texto: el Cuarto Evangelio quiere que confesemos abiertamente Jesús en una sociedad hostil a la fe, pero lo podemos hacer de una manera consciente sin proyectar la sombra en nuestros oponentes.
Muchas gracias por vuestra amable atención.


