Hoy Día Internacional de la Mujer, fluye la siguiente reflexión: teniendo en cuenta el modelo de la Psicología Analítica de Carl Gustav Jung, donde el arquetipo femenino y el arquetipo masculino son representaciones con diversas funciones, en los dos casos, existen más funciones de las que podemos nombrar. Sin embargo, en nuestro recorrido humano podemos hoy reconocer algunas de ellas en lo femenino como son la escucha, la receptividad, la expresión de las emociones, su habilidad para guiarse en la oscuridad a través de la intuición, entre otras. Algunas que hacen parte de lo masculino son la acción, dar forma delimitando fronteras, dar luz a través de la racionalidad, etc. Y sucede en el ser humano con lo femenino y lo masculino lo que sucede con la psique y el cuerpo, no se pueden separar. Están en un abrazo eterno donde al parecer a través de la poesía, la música, el amor nos avisan que estamos recorriendo ese lugar.
Reconociendo que la cultura ha dado por hecho que estas funciones femeninas estaban sólo en las mujeres y que las funciones masculinas estaban sólo en los hombres durante siglos de la historia, dándole además un mayor valor a lo masculino, esa misma cultura impuso en el poder al sujeto donde se proyectaba lo masculino, el hombre; a la mujer, en consecuencia, sujeto de la proyección de lo femenino, se le dio un valor inferior. Se dejaba de ser mujer o se dejaba de ser hombre por no actuar las funciones que se le habían impuesto a cada uno. Si actuaban las funciones contrarias, recibían el nombre de “marimachos” las mujeres y de “maricas” los hombres, con el consiguiente desprecio y castigo colectivo.
Hoy nos encontramos con el intento de salir de esas proyecciones y comprender que cada ser humano, y me refiero a toda forma que represente a esta especie, es portador por naturaleza del conjunto de estas funciones, que la forma e intensidad de su expresión es tan variada como seres humanos hay, y que una búsqueda de aliviar ese sufrimiento puede ser el comprender estos prejuicios y decidir la intensidad y expresión de estas funciones que mejor nos vayan en cada una de nuestras variadas vivencias.
Hoy reconozco en el Movimiento Feminista la materialización colectiva de salir de esas proyecciones convertidas en leyes morales que han producido violencias de todo tipo. Mujeres que desde sus inicios se atrevieron a hacer público lo que en su ser estaba sucediendo: un femenino que “escuchó sus emociones”, (no las rechazó, a pesar del riesgo que eso suponía), y que avisaron a través de sus sensaciones que algo no iba bien; una función masculina que “les dio forma” a través de las palabras, gestos o cualquier lenguaje que acordó en ese abrazo interior de su femenino y su masculino. Al darle forma a su sufrimiento, decidieron actuar en consecuencia. Acordaron que en ese lugar nuevo, desconocido y oscuro donde están todas las posibilidades de comprensión, lo femenino orientaría intuitivamente afinando sus sentidos, mientras que lo masculino tomaba lo percibido por lo femenino, y le daba forma al mismo tiempo a través de la razón. Razón que seguía los acuerdos recogidos en ese abrazo, resultando de ello un nuevo valor para ese diálogo. Un diálogo que sigue en cada un@ de nosotr@s, donde el conflicto hace parte fundamental de él, y que al reconocer la riqueza de tal conflicto, ya no nos aparta de lo fundamental, que es la necesidad de permanecer en el abrazo.


